Jueves, 23 Nov 2017
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  • Vuelve el `viento de cola` financiero para los países emergentes

    Tregua en la suba de la tasa de interés de la Reserva Federal de los EE.UU.

    Hay más capitales para América Latina e impulso a las acciones.

    EL VIENTO DECOLA IMPULSA A LOS EMERGENTES INTERNACIONAL

    Paraíso perfecto. Los activos financieros se benefician por las condiciones globales. El viento de cola sopla de nuevo. Y se nota: las cotizaciones de los activos financieros de los mercados emergentes flamean en alza vibrante. El índice accionario MSCI, expresado en dólares, trepa más del 25% en lo que va del año versus el 10,3% del Dow Jones. El MSCI de Frontera, donde milita todavía la Bolsa argentina, en observación con vistas a un probable ascenso de categoría, avanza el 19,3%.

    ¿Sorpresa? Mayúscula. Pero no es obra del azar. La economía mundial pisa firme. El comercio internacional, vacilante un año atrás, acompaña. Es una gran noticia que todas las regiones del globo, por fin, sincronicen el paso. En el primer semestre, Europa y Japón trotaron más ligero que los EE.UU. de Trump. Y hay más: la inflación continúa sin dar señales de vida (salvo contadas excepciones como bien sabemos en la Argentina). No reaparece ni con un dólar que se cae a pique contra las principales divisas. Otra rareza: no se detectan presiones salariales en ascenso en los EEUU bajo condiciones inequívocas de plena ocupación. La FED prometió tres subas de tasas de interés este año y ejecutó dos a junio, pero no puede disparar la tercera con una inflación que declina y se aleja de su meta del 2%, tasas largas menguantes, y expectativas inflacionarias que se derriten al paso del tiempo.

    La economía norteamericana levantó la puntería, se expandió el 3% el segundo trimestre, pero la FED -como anticipamos aquí el 25 de junio en ¿El fin de la suba de tasas? - ya habilitó una tregua de facto que podría estirarse hasta 2018. El deflactor del gasto de consumo - la medida favorita de inflación de un banco central vigilante - se infló el 0,3%. Es música para los sentidos de los países emergentes. Arrima la zanahoria de más crecimiento global sin el garrote de un apretón inexorable a la vuelta de la esquina.

    Lástima los embrollos de la Administración Trump y el tendal de conflictos y riesgos geopolíticos que provoca, así nadie puede estar seguro de que la ventana propicia no se cierre de manera abrupta. Hay apuestas fuertes, sí, pero se eligen con el cuidado de poder desarmarlas en un santiamén si irrumpiera una emergencia. El viento de cola es de provecho mayormente financiero porque se lo avizora cambiante, arrachado, potencialmente traicionero. Pero no carece de potencia para traccionar la actividad real. Los metales lo confirman. Hay que examinar aquellos ligados en esencia a un uso industrial. El cobre, el zinc, el plomo y el níquel acumulan aumentos de precio de entre el 15% y el 22% en 2017. El mineral de hierro cayó el 0,5% pero en las últimas cuatro semanas trepó el 20%. ¿Es la señal de la inflación que asoma? No. Son cambios de precios relativos. Alimentos recula. Petróleo y gas se desploman ante la abundancia de shale en el margen. Y con un huracán sobre Texas. La clave de la estabilidad es una oferta muy elástica.

    ¿Es el mejor de los mundos? Tampoco. Perturba ver un misil norcoreano surcar los cielos de Japón aunque Wall Street desestime el peligro. Quién garantiza que no habrá un error de cálculo al calor de la refriega. Hasta una trivialidad como desplazar el techo de la deuda pública en los EEUU - trivial cuando la Casa Blanca y las dos cámaras del Congreso están en manos del mismo partido - podría trocar en accidente. `Apostar por la racionalidad del Gobierno puede ser riesgoso`, alerta un informe de la calificadora S&P Global Ratings.

    Un dólar que se debilita deprisa, a no engañarse, supone un relajamiento tácito de las condiciones financieras dentro y fuera de los EE.UU. Y la FED, que precisa que la inflación se sostenga, no dice esta boca es mía. Es por ahí que se cuela hoy el ventarrón favorable. Que lo digan las acciones del fondo EEM - dedicado a invertir en las Bolsas de las economías emergentes -que trepó el 22,6 % en 2017. Mientras Wall Street merodea en máximos que se renuevan mes a mes, los mejores registros del EEM datan de 2011 (cuando se apagaron las luces de la gran bonanza de los commodities). En los últimos tres meses, el EEM escaló el 7,5% mientras el SPY (un fondo que replica el índice S&P 500) no llegó al 2%. La pujanza del rally quebró una tendencia pertinaz, una línea bajista de tozuda vigencia por toda una década. Esperar que Wall Street se tome un respiro y decante sus cotizaciones, aunque más no sea un 5%/ 7% desde los máximos, no es mal consejo. Sería un descrédito montarse en el EEM para luego padecer el coletazo de una corrección tan largamente anunciada, pero aun así los portafolios acrecientan sus posiciones.

    Wall Street está cara. Su valuación, cualquiera sea la vara que se utilice, se ubica en el diez por ciento de las observaciones más elevadas. Otras plazas, como Europa y las emergentes, ofrecen un punto de entrada a priori más ventajoso. Por cada dólar de ganancia de las compañías en las que invierte el SPY hay que pagar 24; en el caso del EEM, menos de 16. Un dólar de valor de libros cuesta, respectivamente, 3,12 dólares y 1,69. De ahí la dinámica de puerta giratoria. Cada semana emigran recursos de los fondos que invierten en acciones de EE.UU. (casi 29 mil millones de dólares acumulados en el año al promediar agosto) y se abultan los saldos en los fondos internacionales (más de 160 mil millones).

    Más allá de algún eventual traspié, ¿podrá durar el contexto favorable? La FED no subirá las tasas de interés pero sí lo hizo el Banco de Canadá. Un frente compacto de bancos centrales, luego de la Conferencia de Sintra que organizó su par europeo, el BCE, en junio, avisó de su intención de comenzar a restringir la dosis de estímulo. Pero, ¿quién tiene el coraje canadiense de cumplir su palabra y soportar la apreciación de su moneda? El BCE, que lideró la retórica, guarda silencio bajo siete llaves mientras reza para que el euro modere su vigor y no aborte la recuperación. La FED sí se abocará pronto a la tarea de recortar su hoja de balance, y achicará la magnitud de su crédito primario. Pero no venderá los bonos en cartera, dejará que expiren sin reinvertir una fracción módica de los vencimientos. En cuanto al efecto monetario directo, la contrapartida de los activos en danza es hoy un pasivo que se ocupa de esterilizarlo. `Será como ver la pintura fresca secar`, dice Janet Yellen, la mandamás de la institución. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Que los inversores se asusten, vendan sus propios bonos y se encabrite la tasa de largo plazo. El anuncio está hecho, ¿y qué es lo que pasa? Un manso declive de las tasas largas. Tras merodear 2,65% en marzo bajaron medio punto desde entonces. Así, los bonos emergentes de parabienes. Y el mensaje de que la Curva de Phillips ha muerto - `una tasa de desempleo declinante no es un buen predictor de la inflación`, según Dotsey, Fujitay Stark en oportunísimo paper de la FED de Filadelfia - les cubre más las espaldas. ¿Algo que temer? Que el Presidente Trump despida a Yellen y desembarque con su gente en la FED. Pero no debiera ocurrir antes de febrero. El viento de cola es de provecho mayormente financiero porque se lo avizora cambiante, arrachado.

    La actividad real también se beneficia. El caso de los metales es una prueba de la pujanza de la industria. Tranquilidad. Al menos hasta febrero, la presencia de Janet Yellen genera calma.

    Clarín